Una valla en la calle llama la atención, allí exhibe las caras gozosas de los protagonistas anónimos de la fotografía, sus cuerpos han sido diseñados, organizados, maquillados y vestidos minuciosamente para la publicidad de la felicidad que vende y suscribe subjetividades en una ética del entretenimiento. Son hermosos cadáveres congelados y fotografiados en alguna playa del trópico, paisaje planificado de un agrimensor, agenciamiento de rostro que redunda y remite a la rostrificación de un paisaje. Sus sonrisas son representativas y sus rostros esquematizados, son hombres y mujeres que no engordan, no lloran, no hablan, disfrutan de la juventud otorgada por la fotografía y la luz artificial paranoica del marketing, dispuestos allí para conquistar y moldear conciencias, pensamientos, acciones y sensaciones. En otras palabras codificar deseos, fundamentar un significante que se reterritorializa en el rostro icónico de un régimen que anuncia un patrón y profetiza la deuda, significante rostrificado en una imagen sobrecodificada como punto de subjetivación. [Extraído a modo de resumen]