A pesar de los muchos siglos de historia escolar todavía existen, hoy en Francia, grandes desigualdades sociales en relación al dominio de lo escrito (lectura y escritura). La constatación es muy cierta. Por cierto -desgraciadamente-, esto no es sorprendente para los sociólogos de la educación que desde hace varios decenios miden el acceso diferenciado a los saberes escolares, así como a las obras e instituciones culturales. Su evidencia es tal que a ningún demócrata le puede parecer aceptable esta desigualdad de acceso a instrumentos tan fundamentales de la cultura. Pero esta comprobada desigualdad, ¿está directamente relacionada con los discursos públicos (mediáticos, políticos o "científicos") acerca del "iletrismo" de los franceses que florecen desde hace más de quince años? Por cierto, podría creerse que los discursos acerca del "iletrismo" solo expresan una realidad social objetiva o se limitan a acompañarla. Sin embargo, las cosas no son tan simples. Para poner en entredicho una evidencia tan engañosa, es necesario remontarse a la historia de estos últimos veinte años. El aumento del interés público por el problema podría hacernos pensar (y los comentaristas de la prensa no se privan de escribirlo) que asistimos a una expansión o ampliación del verdadero problema en sí mismo. Ahora bien, no hay nada de eso. En cambio, se puede decir con certeza que los problemas del dominio de lo escrito eran mucho más importantes en la época cuando no se hablaba de ello que hoy donde abundan los discursos. Son estos discursos que recientemente estudié utilizando el análisis sociohistórico de la construcción pública del "iletrismo" como problema social y, en especial, el estudio retórico de las formas de hablar del "iletrismo", desde la creación en los años sesenta del movimiento ATD Quart Monde, inventor de este neologismo (en 1978), hasta nuestros días. El objeto de mi interés es, entonces, un objeto político. Conciernen al Estado, a los medios, a los discursos públicos de denuncia de una in-justicia y la reivindicación de una causa, a los ideólogos amateurs o profesionales, a las competencias entre los diversos formadores de discursos, a las mitologías que esperan dar sentido a nuestras vidas sociales, que categorizan, evalúan, juzgan y, también a menudo, estigmatizan.