Los Diálogos sobre religión natural marcan acaso el punto más alto de la producción literaria e intelectual de David Hume, el punto de encuentro de la filosofía con el arte que su autor buscó porfiadamente a lo largo de la vida. Terence Penelhum ha dicho de este escrito que es "sin duda del libro más admirable en lengua inglesa sobre filosofía de la religión, y probablemente el libro más admirable en cualquier idioma". No resulta difícil estar de acuerdo con él. Ahora bien, la admiración puede ir acompañada del desconcierto, y ese desconcierto deberse justamente a que, como juzgaba el propio Hume ante su amigo Adam Smith, "nada podría estar más cuidadosa y artísticamente escrito". De tan particular simbiosis dan suficiente testimonio la multiplicidad de interpretaciones que los Diálogos han recibido desde su aparición en 1779. Podríamos evocar al respecto la drástica resolución de T. E. Jessop, quien en un simposio de mediados del siglo XX declaró que había decidido ignorar en su interpretación la Parte XII "por estar desconectada del contenido argumental de la obra". Pero no hace falta llegar tan lejos ni a tales extremos; basta tener en mente, por ejemplo, los certeros desacuerdos manifestados diez años atrás por Stanley Tweyman, Nelson Pike y John Danford para ver que el abanico de variaciones sobre una única cuestión, cuál es el cometido principal de los Diálogos, alcanza dimensiones inesperadas: daría la impresión de que hay pocos productos de la inventiva académica que no puedan encontrar allí un lugar verosímil. Alentado por semejante revoltijo, en las páginas que siguen procuraré esbozar mi propia interpretación.