De antagonista en película de ciencia ficción a herramienta de uso cotidiano, parece imposible escapar de los miles de productos que dicen asistir, optimizar o solucionar algún tema de nuestras vidas con el uso de la inteligencia artificial (IA). Tal es el caso de que pareciera que la IA puede hacerlo todo, reemplazando todos los trabajos, incluidos artistas y diseñadores.
Este problema está causado, en parte, por la polisemia del término “Inteligencia Artificial” se usa indiscriminadamente para describir una multitud de técnicas con funcionamientos y aplicaciones tan diversas que es tan abarcativo y a veces ambigüo como el término arte. Por ejemplo, el término incluye al bot contra el que uno juega ajedrez, que puede jugar tan bien o mal como la dificultad lo pida; el autocorrector de cualquier programa de texto, capaz de reconocer cuándo una palabra está mal escrita; el pincel corrector de Photoshop, que analiza los pixeles para eliminar las imperfecciones; el recomendador de Netflix, aprendiendo según tu historial qué serie es más probable que quieras ver, entre muchos más.
El objetivo de este trabajo es explorar las potencialidades que esta tecnología provee dentro del campo del arte a partir del análisis de obras realizadas por distintos artistas con inteligencia artificial.