La amistad de Roland Barthes y Severo Sarduy, pensada en términos de contemporaneidad
(es decir, como dimensión intempestiva, de ritmos e intensidades que se unen y se separan)
permite revisar aspectos de la obra de ambos autores desde el espacio -neutro- de la íntima
diferencia. En este sentido es posible partir de la idea de que el juego de luces y sombras entre
uno y otro no sólo permite definir nuevos alcances en sus respectivas postulaciones teóricas,
sino también, a partir de allí, comprender hasta qué punto esta contemporaneidad puede
pensarse como elaboración conjunta y al mismo tiempo diferencial de una idea específica de la
modernidad y la negatividad cuya condición es una determinada experiencia de lo
latinoamericano.
Si por un lado funciona siempre una radical diferencia entre Barthes y Sarduy (pensada
aquí, por ejemplo, a partir de la significativa oposición en la valoración del adjetivo), lo cierto es
que los proyectos de uno y otro confluyen: la hipótesis que es posible sostener señala que
funciona en ambos una recuperación de la dimensión de lo Imaginario y eso permite explicar
en qué sentido-tal como se propone- tanto Barthes como Sarduy hacen de sus obras un
proyecto ético, una forma de vida.
El concepto que da sentido a ese proyecto en el que Barthes y Sarduy confluyen es lo
que el primero postuló en términos de Neutro. En este sentido, se trata de una forma específica
de la negatividad no dialéctica cuya condición de posibilidad es, a su vez, irremediablemente
latinoamericana y viene de Sarduy: la idea de una modernidad excéntrica, barroca. En este
sentido, el deseo de Neutro en Barthes y el deseo de Neobarroco en Sarduy se presuponen y
en su contemporaneidad dan forma a un "estilo de presencia" cuyo rasgo fundamental debe
buscarse en la potencia del punto de vista latinoamericano.