En La mujer sin cabeza (2008) hay un planteamiento complejo sobre la memoria que lleva a
interrogarse sobre las posibilidades del duelo en una sociedad donde las relaciones de trabajo,
políticas y familiares se hallan articuladas en torno a roles sexuales y sociales fijos. El fantasma del
desaparecido, encarnada en esta película en la figura ausente de un niño, producirá una suerte de
amnesia e impotencia expresiva en la protagonista. Como en otras películas de Martel, el universo
femenino se configura en medio de un ambiente enrarecido autocontenido y decadente siempre al
borde de un posible estallido simbólico y sígnico.