Todo a lo largo de las Confesiones de Agustín el problema del mal es, de algún modo, el motor del desarrollo espiritual que acabará en 387 con su conversión al cristianismo. Es la imposibilidad de encontrar una explicación a la existencia real del mal en el mundo que arrastra a Agustín por las diferentes doctrinas. Y, justamente, coincide la solución de este problema con la conversión definitiva de Agustín al cristianismo: por ser capaz de solucionar este problema de índole teórica, es capaz de hacer ese cambio definitivo en su vida.