En su afán por rastrear el nacimiento y aventurar la muerte de la tragedia, Nietzsche traza una sugestiva dicotomía: por un lado, el éxtasis y la ebriedad dionisíacas, la intuición del dolor del mundo; por el otro, la ensoñación y el sosiego apolíneos. Ambas modalidades contradictorias confluían en el arte trágico para configurar una tensión insuperable, una encrucijada aporética que le otorgaba ese espesor conflictivo y confrontativo del que, ineludiblemente, necesitaba nutrirse. Pero Nietzsche no tardará en denunciar, en dicho texto juvenil, un insoportable e inadmisible hegelianismo atravesado por la necesidad de (cristiana y socrática) reconciliación de los antagonismos. Bien sabía que cualquier intento de resolución definitiva de esta irremediable controversia, acabaría por diluir dicha tensión creativa y atentar, así, contra la subsistencia misma de la tragedia. Del mismo modo, cualquier salto hacia alguno de ambos polos (ya la afirmación pulsional dionisíaca, ya la conjuración racional apolínea) supondría, lisa y llanamente, la muerte de lo trágico.
(Párrafo extraído del texto a modo de resumen)