Más allá de ciertas resistencias, el deporte en occidente contribuyó desde mediados del siglo XIX y en buena parte del siglo XX en la definición de cierta identidad masculina (viril, activa, exitosa, competitiva y con un fuerte predominio del espacio público); de determinada identidad femenina (recatada, pasiva, abnegada y, fundamentalmente, recluida en el espacio doméstico y privado) así como una supremacía burguesa anclada en una particular dominación generizada, denigrando aquellos/as ‘desviados/as’ que no cumplían el guión masculino o femenino socialmente esperado (Connell, 1995, 2001; Messner, 1992; Elías y Dunning, 1996; McKay, Messner & Sabo, 2000; Goellner, 2004; Scharagrodsky, 2006). Entre los discursos que legitimaron la construcción de cierto tipo de masculinidad en el ámbito deportivo y gímnico decimonónico se destacó el discurso médico, especialmente el proveniente de la fisiología del ejercicio a partir de obras como las de Fernand Lagrange (1845-1909) y Angelo Mosso (1846-1910). Teniendo en cuenta lo anterior la siguiente ponencia indaga la forma en que las explicaciones y argumentaciones fisiológicas de Lagrange y Mosso legitimaron la fabricación de un tipo de masculinidad excluyendo otras alternativas posibles y su incidencia en países como la Argentina.