“[…] Desde la invención del movimiento de la cámara, la definición del plano se ha tornado contradictoria en si misma dado que, en el movimiento, la distancia entre cámara y objeto se hace variable”. Es pertinente pensar entonces, como dice Bellour, sobre el movimiento de la cámara. Desde que está adquirió vida propia, las ideas sobre la materialidad del cine, con esto las concernientes al espacio, tuvieron que ser repensadas. Ya no se trataba entonces de planos fijos, inmóviles, cual pintura. Ni tampoco de experiencias pasivas, contemplativas, similares a las de un espectador de teatro, de museo, o mismo del curioso observador desde una ventana. Se trataba de otro tipo de espacio que vincula al espectador “física” y emocionalmente. Con este nos referimos al espacio cinemático, aquel que muy bien Burch describe como…“constituido, de hecho, por dos tipo diferentes de espacio: aquel inscripto en el interior del encuadre y aquel exterior al encuadre”ii. Es decir que se toma conciencia de aquel espacio fuera de los límites del encuadre, el cual tiene la posibilidad de ser definido por el espacio directamente observado. Consideramos que existe un mediador que nosotros llamamos “puerta” que se encuentra entre el espacio físico del cine y el espacio cinemático abstracto. Dicha aclaración resulta de suma importancia ya que en definitiva es el lenguaje cinematográfico, propio de este medio, el que lo diferencia de otras prácticas artísticas.