Sudáfrica es un ejemplo de transición pacífica de un estado racista y violento, a una democracia multirracial. A inicios de la década del ‘90 a la par de los cambios en el sistema internacional que generaban el colapso económico y el desmembramiento político de la Unión Soviética, y comenzaba el proceso que dio fin al apartheid como sistema de opresión y segregación racial en Sudáfrica, con el ascenso del primer presidente negro elegido democráticamente, Nelson Mandela.
Bajo las banderas de los derechos humanos, la democracia y el desarrollo, el Congreso Nacional Africano (CNA) ha sido el partido de gobierno desde ese momento, y Jacob Zuma su líder durante los últimos casi diez años. Gozaba de gran popularidad entre los partidarios del CNA provenientes de las zonas rurales y las fuerzas de izquierda, especialmente los sindicatos.
Pero, luego de algunos años de crecimiento Sudáfrica ingresó en un ciclo de recesión económica. La incapacidad el gobierno para resolver la situación y dar respuesta a las crecientes demandas sociales, los escándalos de corrupción y una clase política cada vez más alejada de sus bases de apoyo, fueron poniendo al partido contra las cuerdas, acentuando las contradicciones dentro del movimiento y sumiéndolo en profunda crisis de representación, que encontró una salida temporal, forzando la renuncia de Jacob Zuma.